Señor de los Milagros de Buga

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HISTORIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS DE BUGA

Hacia los años 1550 - 1560, Buga era un pequeño caserío, en el Valle del Cauca, Colombia. El río Guadalajara regaba el terreno en donde hoy se encuentra la Basílica del Señor de los Milagros, y al lado izquierdo del río vivía en un rancho de paja una anciana mujer india, cuyo oficio era lavar ropa, ella deseaba conseguir un crucifijo para su humilde choza. Le informaron que debía reunir 70 reales, moneda de la época, para encargarlo a Quito.

Ahorrando durante muchos meses, con su trabajo de lavandera, reunió el dinero. En esas se enteró de que a un vecino lo llevaban a la cárcel porque debía setenta reales a un usurero. Aquella buena mujer, para librar de la prisión al hombre, le cedió todo lo que tenía, sus setenta reales.

Un día que volvió a lavar ropa en las orillas del río Guadalajara, con el afán de volver a tener sus ahorros, observó cómo la corriente arrastraba un pequeño crucifijo; lo tomó entre sus manos y lo llevó a su choza, donde le improvisó un altar en una caja de madera. Una noche oyó ruidos extraños; la caja crujía y se rompía, porque el crucifijo estaba creciendo.

La mujer llevó el crucifijo al párroco del pueblo y contó todo lo sucedido. Su relato fue creído, pues un crucifijo de esas dimensiones y figura no podía conseguirse en ninguna parte de la región. La gente empezó a venerar la imagen, y la choza de la Indígena se volvió un santuario (sitio de peregrinación).

Pero con el tiempo, la imagen se deterioró porque los devotos, en su devoción indiscreta, le colocaban muy cerca velas y le arrancaban astillitas a la cruz. Por eso, cuando un visitador eclesiástico la vio tan deteriorada, mandó quemar la imagen porque, según su juicio, ya no inspiraba devoción. Esto fue en 1605. Pero la imagen se preservó milagrosamente; en vez de quemarse, sudaba y se renovaba. La gente comenzó a empapar algodones en el sudor. Ese día hubo muchos prodigios, y se oficializó el culto a la Imagen del Señor de los Milagros. La fama de los milagros y favores recibidos fue tanta que la veneración no tardó en expandirse por todo el país y varios más.


Así lo atestiguó bajo fe de juramento en 1665, doña Luisa de la Espada, hija de uno de los patriarcas de Buga. Ella aseguró que la imagen, arrojada al fuego, no se quemó, antes bien sudaba y la gente empapaba algodones en el sudor. Este testimonio se conserva. En esa misma ocasión otros testigos, igualmente bajo gravedad de juramento, hicieron declaraciones sobre hechos sorprendentes, especialmente curaciones realizadas por la devoción al Santo Cristo.
En Septiembre y Octubre de 1757 el obispo de Popayán, Diego del Corro, de visita en Buga, como testigo de los sucesos extraordinarios, mandó recoger cuantos documentos pudieron hallarse. Era su intención llevarlos a Lima, para presentarlos al tribunal. Desgraciadamente se extraviaron cuando el prelado viajaba a tomar posesión del arzobispado limeño.

En 1783 el rector del seminario de Popayán, y al mismo tiempo capellán del santuario de Buga, envió a Roma una relación aprobada por su obispo, en la que se relataban testimonios de numerosas curaciones. El Papa Pío VI respondió con 22 "breves perpetuos", en los que se concedían abundantes indulgencias a los devotos peregrinos. Se conserva la copia del documento pontificio.

Y el Cristo se quedó con el pueblo fiel primero en la casa de la humilde indiecita, después en la Ermita que con cariño le construyeron hasta que un terremoto la destruyó, y luego en la otra Ermita cuya torre convocó por tiempos largos a la gente con el sonar de las campanas fundidas de armas de las guerras y que todavía hoy se levanta orgullosa al lado de la Basílica. Y desde 1907 el Cristo está en la hermosa Basílica que construyó un pueblo dirigido por los Misioneros Redentoristas.

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