JESÚS ES EL CRISTO EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.

A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó con signos y prodigios, pero que ustedes crucificaron, Dios lo constituyó Señor y Mesías. A él la gloria por los siglos. Que su amor, su amistad y solidaridad esté con nosotros. Amén.

SALMO 67: PARA PEDIR LA BENDICIÓN DE DIOS

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine tu rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN DE SÚPLICA

Señor mío Jesucristo crucificado, Hijo de la bienaventurada Virgen: abre tus oídos y escúchame, como escuchaste siempre la voz de tu Eterno Padre; abre tus ojos y mírame, como miraste desde la cruz a tu dolorosa Madre; abre tus labios y háblame, como hablaste a tu discípulo para llamarlo hijo de María; abre tus brazos y abrázame, como los abriste en la cruz para abrazar al género humano; abre tu corazón y lléname de tus gracias, como derramaste sangre y agua de tu costado abierto. Amén.

ACLAMACIONES

Jesús, Tú eres la luz. Jesús, Tú eres la vida. Jesús, Tú eres el Hijo de Dios vivo. Jesús, Tú eres el testigo fiel de Dios en el mundo. Jesús, Tú eres nuestro camino. Jesús, Tú eres la Palabra verdadera. Jesús, Tú eres el Hijo de María. Jesús, Tú eres el vencedor del mal y de la muerte. Jesús, Tú eres nuestro amigo. Jesús, Tú eres Dios con nosotros. Jesús, Tú eres el Rey de Reyes. Jesús, Tú eres el Señor de Señores. Jesús, Tú eres el Mesías. Jesús, Tú eres el Buen Pastor. Jesús, Tú eres el principio y el fin.

MEDITEMOS

¿Quién es Jesús de Nazaret? Este interrogante sigue abierto hoy como ayer, esperando la respuesta de cada uno de nosotros. Es la pregunta central de la religión cristiana, pues contiene el fundamento de nuestra fe y la razón de nuestra vida y conducta. ¿En quién creemos? Pregunta que hemos de responder personalmente con absoluta sinceridad.
Es muy importante no solamente mirar el credo para saber quién es Jesucristo, en su persona, en su doctrina, en su obra o en su misión. Nuestra respuesta tiene que ser comprometida, desde nuestra vivencia personal. La imagen de Cristo que reflejamos los cristianos es decisiva para que el mundo crea en él, al ver nuestra vida iluminada por su persona y orientada al amor servicial, a la comprensión y solidaridad con los hermanos, especialmente los más desfavorecidos.
Necesitamos conocer a fondo a Jesús y amarlo con pasión, sabiendo cada vez más de su persona, meditando su evangelio y hablando con él de tú a tú en la oración. Cristo vive hoy como ayer, porque es una persona viva y del presente. Pues bien, solamente desde el amor y la amistad se llega a conocer en profundidad a las personas.
A Cristo le dirigimos la profesión de fe de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".
Como Pedro le decimos también: ¿Señor, ¿a quién iremos? Sólo tu tienes palabras de vida eterna". Hacemos nuestro el grito de arrepentimiento y de confesión sincera de Pedro. "Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amamos".
Señor, te creemos resucitado y vivo hoy como ayer, y estamos seguros: vives en nosotros por tu Espíritu. Concédenos conocerte a fondo por la fe y la amistad; y haz que, queriendo a los hermanos nos entreguemos a la fascinante tarea de amarte apasionadamente.
Jesús, crucificado y resucitado, ¡quédate con nosotros!
Quédate con nosotros, amigo fiel y apoyo seguro de la humanidad en camino por las sendas del tiempo. Tú, Palabra viviente del Padre, infundes confianza y esperanza a cuantos buscan el sentido verdadero de tu existencia. Tú, Pan de vida eterna, alimentas al hombre hambriento de verdad, de libertad, de justicia y de paz.
Quédate con nosotros, Palabra viviente del Padre, y enséñanos palabras y gestos de paz: paz para la tierra consagrada por tu sangre y empapada con la sangre de tantas víctimas inocentes; paz para toda la humanidad, sobre la cual se cierne siempre el peligro de guerras fratricidas.
Quédate con nosotros, Pan de vida eterna, partido y distribuido a los comensales: danos también a nosotros la fuerza de una solidaridad generosa con las multitudes que, aún hoy, sufren y mueren de miseria y de hambre, diezmadas por epidemias mortíferas o arruinadas por enormes catástrofes naturales. Por la fuerza de tu resurrección, que ellas participen igualmente de una vida nueva.
Haz que el progreso material de los pueblos nunca oscurezca los valores espirituales que son el alma de la civilización. Quédate con nosotros, Señor.
(Juan Pablo II, marzo 26 de 2005)

BENDICIÓN

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS... DIOS TE SALVE, MARÍA, LLENA ERES DE GRACIA... GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU... Que la gracia y la bendición del Señor de los Milagros esté con cada uno de nosotros. La paz de su semblante nos tranquilice. Los méritos de su cruz nos defiendan. El amor de su corazón nos inflame.
Los sufrimientos de su Pasión nos consuelen. El resplandor de sus llagas iluminen cada una de nuestras palabras y acciones. Y sus brazos amorosos nos acojan algún día en la gloria eterna del cielo. Y la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y permanezca para siempre. Amén.

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 8, 27-31

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó: "Quién dice la gente que soy yo?" Ellos contestaron: "Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas".
Entonces Jesús les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Pedro le contestó: "Tú eres el Mesías". Pero Jesús les dijo con firmeza que no lo dijeran a nadie. Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los notables, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que sería condenado a muerte y resucitaría a los tres días.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.