DEVOCIÓN AL VENERADO CRISTO

La indígena libró de la cárcel a un padre de familia: Prefirió la libertad de un hombre a la posesión de una imagen. Porque la persona humana es la imagen más perfecta de Cristo y de Dios: fuimos hechos “a imagen de Dios”. “Tuve hambre y me dieron de comer, estuve en la cárcel y me visitaron” (Mateo 25,42-43). Nuestra vida cristiana exige la unidad entre fe y justicia, entre oraciones y solidaridad. El prójimo se vuelve puente para llegar hasta Dios.

El río, donde el Cristo apareció, nos recuerda nuestro bautismo, en cuyas aguas nacimos a la fe, a la gracia, al compromiso con la Iglesia. El hallazgo de la imagen se verifica, no en el templo ni en la casa, sino en el río, mientras la mujer trabaja. Al Señor lo hallamos en la oración y también en el taller, la oficina, la calle, incluso en el sitio de sana diversión, dondequiera que obremos como cristianos.

La imagen de Cristo creció. Dice la tradición que pasó de un tamaño pequeño al tamaño que hoy tiene: 125 cm. (167 con la cruz). ¿Cómo fue ese crecimiento? La historia no sabe explicarlo. Pero por el evangelio sabemos que el niño Jesús también “crecía en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2,52). Este crecimiento del Cristo nos enseña que no hemos de contentarnos con una estatura espiritual infantil. Como cristianos hemos de crecer todos los días en conocimiento (leer la Palabra de Dios y el catecismo), en compromiso cristiano (guiarnos por los valores del evangelio), en servicio a los demás (solidaridad).

La imagen arrojada a las llamas superó la prueba. También Jesús, durante su vida terrena, fue sometido a la prueba de muchos modos: desprecio, incomprensión, persecución, cárcel, juicio inicuo, flagelación, condena a muerte, crucifixión. Y de todo salió triunfador por la resurrección. El Señor de los Milagros nos invita a asumir con valor las dificultades de la vida, a no dejarnos abatir por las tribulaciones, a purificarnos en el sufrimiento, a pasar de las tinieblas a la luz. Debemos aceptar las cruces que trae la vida y debemos hacer que sobre nuestros hermanos no caigan cruces inmerecidas.

La imagen de Cristo crucificado. Jesús es amable en todas las etapas de su vida: en su infancia (Divino Niño), en la vida oculta en Nazaret, en su vida de predicador itinerante; pero nos conmueve con su dolor, su humillación y su amor manifestado en la cruz. Esta devoción nos une a la obra de la redención alcanzada en la cruz. Pero la cruz del Señor de los Milagros despide rayos de luz. No es una cruz de muerte, sino de gloria y resurrección. Los peregrinos observan, además, que en el altar mayor de la Basílica, encima de la imagen de Cristo Milagroso, se yergue la de Cristo Resucitado. Así comprenden que cuando agradecemos o pedimos un milagro, éste no es realizado por el Cristo muerto del Calvario, sino por el Cristo vivo y glorioso de la Resurrección, el Cristo de la Pascua.

Peregrinos y solidarios. En síntesis, ¿cuál es el fruto de esta devoción? Desde luego que muchas personas peregrinan porque necesitan una gracia especial, un “milagro”. Han oído hablar a otras personas que han sido beneficiarias o testigos de favores recibidos, sanaciones de toda clase (como se puede ver en el Museo), y buscan alivio para sus dolencias. Pero pronto entienden, a través de la historia de la indígena y mirando la imagen del crucificado, que Dios quiere: a) que seamos solidarios y con los más necesitados y b) que no busquemos soluciones fáciles a los problemas de la vida. En el camarín, ante la sagrada imagen, se verifican conversiones auténticas, cambios de vida que acreditan la intervención de Dios, autor del perdón y de la transformación espiritual.